Cuando las emociones emergen a través del diseño

Agostina Branchi es arquitecta, diseñadora industrial y una apasionada de su trabajo junto a las comunidades de artesanos con quienes siente un profundo compromiso y un agradecimiento recíproco. Un día, fiel a su instinto, volvió a su Corrientes natal para emprender un camino que la llevaría hacia un encuentro profundo tanto con ella misma, como con sus raíces.

-¿Cómo fue tu primer acercamiento a las comunidades aborígenes? ¿Y con qué necesidades te encontraste?
Yo nací en Corrientes, con mucho campo, crecí con el aroma a artesanía; y en determinado momento sentí un impulso de retomar esas tradiciones que siempre estuvieron en mi ADN e incorporarlas en mi trabajo. Fue un momento bisagra tanto a nivel profesional como personal. Cuando comencé a acercarme a las comunidades de artesanos no fue nada fácil, romper todas esas barreras y entablar un vínculo de confianza fue algo que llevó su tiempo. Tuve que aprender cómo comunicarme, comprender sus tiempos y el por qué de ese escudo y esa resistencia que tenían a innovar. “Allá los artesanos se reúnen en las plazas, y yo veía como esas técnicas tan bellas por ejemplo la soguería criolla –una de las técnicas más tradicionales de Argentina- estaba solamente aplicada en cinturones o mates”. Pensaba ¡qué pena que algo tan hermoso y valioso quede deslucido! ¿Por qué no darle una vuelta? “Lo primero que pensaban es que venía a sacar ventaja de su trabajo, algo que lamentablemente para ellos ya es moneda corriente que les ofrezcan una paga muy baja por su trabajo, para después venderla a precios caros” – afirma con cierto dolor recordando sus comienzos-. En lo personal siempre trato de concientizarlos, que hagan valer sus horas de trabajo.

-Vos que sos arquitecta ¿Cómo es fusionar y adaptar las diferentes técnicas de trabajo?
Yo venía trabajando como arquitecta y en interiorismo, y a la vuelta de un viaje de Barcelona empecé a ver que en nuestro país no había mucha exploración sobre estos objetos que mezclan lo estructural y la funcionalidad con la parte más blanda que es el trabajo artesanal, y para llevarlo a cabo, mi formación de arquitecta me ayudó muchísimo. “Fue descubrir lo que me apasiona y sentir como mi alma estaba en los objetos, en ese contacto directo con los materiales” –le brillan los ojos-. En cuando a fusionar y adaptar técnicas implicó adentrarme en otra forma de trabajo. Por ejemplo yo les decía: hagamos una trenza tres veces más grande de la hacés siempre; y ellos en un principio se negaban porque me explicaban que los otros sogueros iban a calificar su trabajo como algo mal realizado. En el camino fui aprendiendo a saber quiénes estaban más permeables y querían sumarse, necesitaba empezar elegir y que me elijan, saber que estábamos todos comprometidos, sino me terminaba frustrando, porque yo ponía mucha ilusión y después no se daba y muchas veces se cerraban nuevamente. Pero fui paciente, porque estaba convencida que esto iba a abrirnos a un camino muy hermoso y de mutuo aprendizaje.

¿Porqué nuevas generaciones de diseñadores deberían adoptar de las técnicas ancestrales? ¿Qué sucede actualmente en el campo académico?
Yo estudié en la provincia de Chaco en la Universidad nacional del Nordeste, y durante toda la carrera se nombra muy poco sobre las técnicas artesanales, o referentes que actuales latinoamericanos que las trabajen. Se ve más como algo histórico, un ejemplo claro es que como arquitecta a mí nunca en la carrera me enseñaron cómo se construye un ladrillo.
Siento que es necesario incluirlo en las prácticas, que todavía falta mucho desde lo académico, y que conocer más acerca de los oficios de las comunidades aborígenes nos abre a una cosmovisión muy enriquecedora al momento de crear.

-¿Qué es para vos la innovación?
Para mi innovar es ver cómo se pueden fusionar distintas técnicas de diferentes lugares. Pensar cómo las puedo aplicar en un determinado material; investigar y acercarme a otras comunidades que trabajan la cestería o los textiles y poner a prueba cómo eso convive en un mismo diseño, o hacia dónde me lleva y potencia mi creatividad. En mi caso comencé trabajando primero con la soguería criolla junto a los artesanos correntinos, y también en mi provincia en la ciudad de Mercedes me acerqué a la cestería con palma caranday (es la hoja de la palmera) y con cipós que son las ramitas que van trepando los arboles. En el último tiempo también comencé a adentrarme en el oficio textil junto a las comunidades aborígenes de Formosa. “¿Cómo no ver ahí la innovación? Esos oficios tienen alma y ese amor lo despliegan en cada producción”.

-¿Qué nos diferencia como diseñadores latinoamericanos?
“La pasión” –expresa sin dudarlo-. Las personas que somos del interior del país podemos oler la artesanía; tal vez en un primer momento no todos lo registran, pero si hacen una introspección pueden percibir como esa tradición está, los constituye, es intrínseca. A mí me pasó de sentir ese despertar; cuando comencé a sumergirme en el universo de los artesanos pensé ¡ah con razón! esto me es familiar, me conecta con mi tierra. Por eso me apasiona tanto, porque es volver a las raíces y valorar nuestro origen.

-¿Qué entendés por patrimonio cultural? ¿Por qué considerás que es tan necesario preservarlo?
Darle valor a nuestras tradiciones es muy importante. Eso me pasaba con la soguería, cuando veía que lo aplicaban en un cinturón, sentía que en cierto modo muriendo esa técnica y por ende comenzaba a desdibujarse algo muy sagrado para esas comunidades. La soguería criolla se aplicó hace miles de años cuando necesitaban acarrear a los caballos y vestir a los gauchos, entonces ¿cómo dejar que desaparezca nuestro patrimonio cultural? Cuando se genera trabajo, es increíble ver el impacto positivo y los avances que suceden en esa comunidad; y aparte los artesanos son muy agradecidos, cuando bajan esas barreras iniciales y sienten que se los valora se conforma una relación de gratitud mutua. Si bien Argentina es un país bien visto en el mundo y se conoce de sus tradiciones, para poder seguir posicionándonos a nivel mundial también es importante apostar a conservar nuestras tradiciones y ser consientes del impacto social que esto produce a nivel nacional.

-¿Qué proyectos recordás siempre como momentos clave en tu camino profesional y personal?
La decisión de exponer en el exterior fue un salto muy grande. Yo expuse seis años consecutivos en Milán, New York y Paris, y fue muy importante a nivel estratégico para ser reconocida afuera; ya que eso también me trajo un mayor reconocimiento en nuestro país. Cuando yo me vine de Corrientes a Buenos Aires arranqué de cero, y estar entre los diseñadores más conocidos fue mucho trabajo e implicó mostrar mi potencial y también fue ir buscando mi impronta para lograr visibilidad. Mi camino lo fui armando pasito a pasito; durante tres años quedé seleccionado en la Fundación Exportar Argentina, que me financiaban una parte para poder exponer afuera. Otro momento bisagra fue cuando me presenté en un concurso para exponer en New York en el cual de 2000 diseñadores quedábamos 15, y realmente fue otra puerta para mostrar mis diseños y fortalecer las relaciones con los clientes, la prensa y los curadores. Entonces llegó el momento de animarme a presentarme por mi cuenta para forjar mi propio recorrido, seguir creciendo y generando más trabajo para las comunidades.

-¿Cómo reciben el diseño argentino en las ferias internacionales? ¿Qué es lo primero que les llama la atención?
Cuando estoy afuera la valoración del diseño argentino es aún mayor que en nuestro país y nos reciben muy bien. “Solamente el material para ellos ya es un lujo, imaginate cuando ven las técnicas, se quedan sin aliento” –nos cuenta con orgullo-. Aparte en las exposiciones tenés la posibilidad de poder explicar más en profundidad el detrás de escena, cuantas horas de trabajo hay, quiénes y cómo lo realizamos, en definitiva relatar todo eso es compartir y acercarles nuestra cultura.

-¿Cómo fue el pasaje de que tu estudio se llame Brana a tener tu nombre? ¿Y cómo abordás la forma de trabajo en tu estudio?
Primero arranqué con Brana porque no quería poner mi nombre, estaba muy tímida, yo soy muy introvertida. Después lo cambié a Studio Brana para que se adecue a mi trabajo a nivel internacional, hasta que finalmente en 2019 me animé y le puse Agostina Branchi Estudio. Sentí que tenía que aparecer y romper el hielo, porque más allá del producto también esta el artista. Necesitaba darle entidad a todo ese recorrido y empoderarme. Cuando llegué a Buenos Aires mi primer trabajo fue en un estudio de diseño sustentable y, si bien mi cabeza estaba en las tendencias, también estaba muy enfocada en el diseño consiente; sin embargo fui descubriendo que no me gustaba el trabajo en serie. Y ahí descubrí mis manos, exploré técnicas, investigué y sobre todo, me encontré con mi pasión por los objetos y las tradiciones argentinas. Para ponerle alma a los objetos requiere que les dedique tiempo, y cada piezas que diseño es única, por eso trabajo ediciones limitadas. Para mí un producto estandarizado no tiene alma.

-¿Cómo comienzan tus procesos creativos y de exploración?
Yo tengo dos procesos: uno en el cual elijo el material, lo estudio, juego, me enamoro y después me pregunto ¡¿Qué voy a hacer con esto?!, y el otro empieza al revés, por ejemplo quiero hacer una silla, veo tipologías, evalúo materiales y elijo que técnicas voy a aplicar. El proceso creativo es de mucha prueba y error, pero en lo personal mi relación con los materiales es sumamente importante, así como las emociones que generan los objetos que voy a diseñar. Recuerdo que cuando comencé hacía hamacas, y pensaba en el placer y la sensación de libertad que iban a sentir las personas al conectarse nuevamente con su niñez. Mis procesos creativos sin duda están muy ligados a generar esas emociones.

-¿Cuándo sentís que una pieza está finalizada? ¿Cómo es ese momento de soltar emocionalmente el objeto?
Es difícil, porque soy muy perfeccionista. “En realidad sé que ese objeto está listo cuando me da piel de gallina, sino no la lanzo. He trabajado seis meses en una silla y no me la generó, y dos días antes de viajar dije ¡no!, y no la presenté”-nos cuenta riéndose-. “Y como encima soy malísima para vender, dejo que se vendan solos, entonces para que se vendan te tienen que generar esa piel de gallina”. Yo tengo que sentirme orgullosa, enamorada de ese producto, ser honesta con lo que estoy diseñando, porque yo no lo hago para cumplir, cuando diseño es para que realmente ese objeto sea disfrutable, que te llene, que te genere algo, sino no tiene sentido. Y yo soy el primer filtro, la más justiciera al momento de crear.

-¿En qué estás trabajando actualmente?
Ahora estoy mucho con el arte textil, la pandemia me desato eso, y unos días antes que se declare la cuarentena en 2020, me fui a comprar 20 kilos de hilo. Me encanta y me genera mucha libertad porque lo puedo hacer en cualquier lugar del mundo, sin depender de nadie, pero siempre trabajando en forma conjunta con los artesanos. Mi estudio hoy son mis manos y eso es increíble. Este año tengo una obra muy grande para entregarle a una galería de arte en New York, y ya estoy contactándome con otras en Paris y Milán. Estoy muy enfocada en realizar instalaciones más grandes. Mi cabeza va a así, yo estoy muy comprometida con las comunidades de artesanos, no puedo avanzar sin pensar en brindarles continuidad laboral todo el año, más allá de si puedo o no volver durante un período de tiempo a estar con ellos. Aprendí tanto junto a los artesanos, que hoy me veo mezclando técnicas y me emociono, miro todo lo que fue transcurriendo y me llena de felicidad. Conformamos un vínculo muy cercano y de aprendizaje mutuo. Para mí esto es un compromiso de por vida que lo hago con gusto y placer, es un ida y vuelta, la vida es así… Y ellos siempre fueron muy agradecidos conmigo y yo con ellos. Entonces la rueda gira porque te comprometes desde el corazón.

Twist
-¿Un hotel en Argentina? El hotel boutique La Alondra en la provincia de Corrientes.
-¿Tu restó favorito en Argentina? Cualquier lugar donde haya chipa. Y el restó Tegui.
-¿Tu destino favorito en Argentina? Corrientes siempre va a ser mi destino favorito.
-¿Una artesanía Argentina favorita? La soguería criolla.
-¿Dónde buscás inspiración? En la arquitectura y en la naturaleza. Poder observar cómo conviven.
-¿Tu destino favorito en Latinoamérica? Chile.
-Cuando viajas ¿Un souvenir favorito? Piedritas o elementos de la naturaleza.
-¿Tus materiales preferidos? El cuero y los hilados.
-¿Una persona latinoamericana que te inspire? Sergio Matos, diseñador brasileño que trabaja hace años junto a comunidades de artesanos de su país.
-¿Qué es el diseño artesanal en pocas palabras? Aplicar la tradición para embellecer y hacer un producto con alma. Porque los artesanos ponen mucho corazón en cada pieza que crean.
-Un mensaje que quieras transmitir a las nuevas generaciones de diseñadores… Lo primero que recomiendo es que crean en ellos mismos. Que se enamoren de lo que hacen, porque para dejar huella tenés que enamorarte de lo que hacés, te tiene le genere algo. Entonces, cuando eso sucede significa que ese producto es exitoso más allá de todo.
Hay que creer en lo que podés impactar en el otro desde el diseño.

Por Gaby Ratner

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